0

La Alegría: La Emoción más Engañosa y Difícil de Gestionar

14/11/2018 | Roberto Crobu | Emociones, Inteligencia Emocional, MIndfulness

Dicen los historiadores que los grandes imperios y reinos engendraron su decadencia en los periodos de mayor esplendor.

Curiosamente, algo parecido puede pasarnos a nosotros a nivel personal: ¿son nuestras ruinas y fracasos personales el resultado de una gestión no adecuada de los momentos más afortunados y dichosos? Quizá no siempre, pero qué duda cabe que los estados de mayor alegría y felicidad pueden llevarnos a traicionarnos con mucha facilidad.

Cuando nos encontramos alegres es muy fácil dejarnos llevar por la situación y perder el control y las riendas de las mismas, embriagados de optimismo y confianza.

Practicar la humildad y la autocompasión en esos momentos puede parecer incluso inapropiado, y percibirse como un estorbo a ese flujo de emociones positivas y arrolladoras que no deseamos en absoluto que se interrumpan.

En efecto, si preguntamos sobre meditación, es muy probable que encontremos personas que la practican o la practicaron en momentos  de crisis, de tristeza, miedo, o incluso para gestionar mejor su enfado y frustración, pero pocas veces nos encontramos con personas que afirman meditar en los momentos de mayor dicha, salvo sean éstos meditadores constantes que hayan hecho de la práctica un hábito consolidado y frecuente.

Sin embargo, la alegría, como emoción en sí, requiere el mismo tratamiento y gestión que otras emociones que quizá no provoquen tanta sensación de bienestar. Y ahí reside el aspecto traicionero, ya que de las demás emociones, como el enfado, el miedo o la tristeza, acusamos sus consecuencias negativas y de malestar: pero la alegría no presenta a primera vista, un abanico considerable de sensaciones de malestar: todo lo contrario, nos hace sentir muy bien.

Sin embargo cuanto más alegres nos sintamos, más importante se torna meditar: esto nos hará conectar con la consciencia de que todo es transitorio, llevándonos a experimentar el agradecimiento por los que estamos disfrutando, sin por ello apegarnos y hacer de nuestro estado de ánimo un elemento de dependencia.

La alegría es un estado muy adictivo: y una vez experimentada, no queremos que se termine: queremos más y más. Podemos llegar a buscarla compulsivamente sin darnos cuenta de los graves costes que puede suponer perseguirla: hasta incluso arruinarnos, cometer ofensas a otras personas, faltas de respeto o incluso cometer delitos y matar por conseguirla. ¿Quién no conoce alguna historia de personas, familias, o empresas arruinadas por las drogas, el alcohol,  juego patológico o simplemente por decisiones de negocio desacertadas, tomadas con demasiada alegría y sin la adecuada y necesaria reflexión que sopesa con detenimiento los efectos colaterales derivados de ellas.

Es en ese momento en que acabamos siendo arrastrados por el flujo de entusiasmo que no queremos que pare. Pero ahí reside la semilla de esa traición: el hecho de que no estamos bajo control. No tenemos el control de nosotros mismos y dejamos que los hechos nos gobiernen.

Traición que no hemos de atribuir a la emoción en sí, sino a nuestra propia actitud: la alegría no es traicionera en sí; lo es más bien nuestra actitud de no querer asumir la consciencia de que por sentir placer no hemos de tomarnos como derecho adquirido el seguir disponiendo indefinidamente de lo que nos provoca esa emoción.

Esto no significa que no haya que fluir o “desmelenarse” en algún momento: claro que sí. Disfrutar de los momentos con plenitud es una necesidad humana que hay que atender, pero siempre siendo conscientes de que esos momentos tendrán un fin y que tendremos que ser nosotros quienes lo pongamos: de otra manera es como dejar a un niño con una bolsa de caramelos y golosinas sin enseñarle a auto-regular su deseo y necesidad, poniendo fin a la ingesta cuando encuentre la saciedad física (no la hedónica). Pero aquí viene la pregunta: ¿Cómo vamos a aprender a regularnos para conocer cuando es el momento de poner fin a ese “arrastre”?

La respuesta es tan sencilla como difícil de practicar: escuchando las señales que provienen de nuestro cuerpo y nos indican los inicios de esa saciedad, de cansancio, o de la presencia de pensamientos que inician a desviarnos la atención hacia otros focos.

Curiosamente la atención plena, a través de ejercicios como el Body Scan, la Atención a la Respiración, o a los pensamientos, ayuda a conectar mejor con uno mismo, abriendo ese canal de acceso a las señales que nos envían cuerpo y mente, ganando mayor sensibilidad.

Por esta razón practicar Mindfulness ayuda a una mejor gestión de las emociones y una regulación adecuada de los estados de Alegría y Júbilo,  manteniéndonos dentro de niveles de equilibrio y salud.

 

Tags:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *